"I arrived home with my teeth chattering uncontrollably and was told to go right straight to bed."
El hombre que ríe de J.D. Salinger es una narrativa corta con una historia intercalada. El narrador es un niño neoyorquino en la pre-adolescencia quien nos relata la historia del joven universitario John Gedsudski y su Club de comanches. El club está integrado por un grupo de veinticinco niños (incluyendo al narrador) cuyos padres han contratado a Gedsudski para que los entretenga a diario organizándoles excursiones y actividades deportivas. Los párvulos adoran a su "Jefe", quien los recoge todos los días en una carcacha de autobús aprovechando los momentos de viaje para relatarles las hazañas fantásticas de El hombre que ríe –- un bandido legendario que merodea un territorio ficticio en el que la campiña china hace frontera con el territorio francés. Los chicos viven impresionados con el interminable relato y no se aguantan la paciencia en espera del momento en que Gedsudski les relatará el próximo capítulo. Ha llegado a tal su apego que los comanches se creen descendientes del súper-héroe.
Un día, la foto de una chica aparece en el tablero del autobús. Se trata de Mary Hudson, la novia de John Gedsudski, quien entrará de manera inesperada a participar en las actividades de los comanches. Mary Hudson cambiará sorpresivamente la experiencia de lo que hasta ahora ha sido un club de veinticinco hombrecitos y su líder carismático. Mary no sólo los dejará asombrados con su inverosímil belleza, sino que además los sorprenderá con su habilidad de marcar carreras en la cancha de béisbol (a pesar de que en los juegos actuará de una manera obviamente tontorrona).
Sin embargo, la relación entre Mary y John dará un giro que tendrá un profundo impacto en la vida del club de los comanches y esa experiencia se reflejará en lo que llegará a ser el último capítulo de El hombre que ríe.
Es obvio que este grupo de chicos tiene un contacto escaso con sus padres. Todos los días, después de haber concluido la jornada escolar, Gedsudski los pasa recogiendo. Lo mismo sucede los fines de semana y días feriados. Efectivamente, cuando el chico narrador llega a su casa temblando del frío y traumado por el final inesperado de El hombre que ríe sus padres simple y sencillamente le ordenan que se vaya inmediatamente a dormir, en vez de acogerlo y alentarlo.
En la niñez todos contamos con la presencia de un ser fantástico: un dios, un súper-héroe, un hombre que ríe, un jefe de los comanches o una linda chica de Long Island llamada Mary Hudson. Estos seres maravillosos nos inspiran y en cierta forma mágica nos hacen una constante compañía. Lo trágico es que cuando nuestros seres fantásticos se esfuman y nuestros propios padres nos mandan al carajo, el mundo se nos viene por encima y es en ese preciso instante que se apodera de nosotros el espectro de una profunda y monstruosa soledad.
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Este post ha sido inspirado por el Proyecto Salinger, un esfuerzo de veinte blogs por hacer una lectura masiva de las los Nueve Cuentos del escritor estadounidense, J.D. Salinger. El proyecto también pretende recabar las reseñas y comentarios de los participantes.
©Carlos Parada
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