Un día perfecto para el pez banana
"She's never mean or unkind. That's why I like her so much."
¿Qué sucede cuando un artista, en este caso un pianista fascinado con la poesía de Rilke –- "el único gran poeta del siglo" –- retorna de la guerra?
En Un día perfecto para el pez banana, la narrativa corta de J.D. Salinger, conocemos a Seymor Glass, a través de una estructura tríptica.
En el primer cuadro aparece Muriel, la joven esposa de Seymour, en un hotel de la Florida. El teléfono suena. Es la madre de Muriel quien la llama angustiada. A través de esta conversación nos enteramos de que Seymour parece haber sufrido un trauma de guerra y ha sido dado de alta de un hospital del ejército. Su psiquiatra ha prognosticado que existe una alta probabilidad de que Seymour perderá el control por completo. La madre de Muriel menciona un accidente automovilístico que Seymour parece haber provocado y habla de algunas situaciones en que Seymour ha sido mezquino con otras personas incluyendo a la misma Muriel. Por su parte, Muriel es representada como toda una chica plástica más preocupada por esmaltarse las uñas y por leer revistas femeninas que por la salud mental de su marido.
La segunda escena transcurre en la playa y se manifiesta en dos partes. La primera es breve y aquí conocemos a Sybil Carpenter, una niña de unos seis años, cuya madre prácticamente la deja abandonada en la playa para ir a beberse un martini con una amiga. Sybil se escurre fuera de la zona reservada para los clientes del hotel en que su familia se encuentra hospedada para encontrarse con Seymour. Este encuentro da inicio a la segunda parte de la escena playera. Aquí se desarrolla un diálogo entre Sybil y Seymour en el que él le explica a la niña el juego del pez banana -- un juego acuático en el que las reacciones del lector llegan a fluctuar entre sentimientos diametralmente opuestos como el horror y la dulzura, y la violencia sexual y la inocencia. En el diálogo entre los dos personajes vemos revelada la capacidad de Seymour de encantar no solo a Sybil a través de sus habilidades como músico pianista si no que a otra niña que conocemos con el nombre de Sharon Lipschutz. En efecto, Sharon parece suscitar lo que parecen ser las palabras más conmovedoras de Seymor: "She's never mean or unkind. That's why I like her so much."
En la tercera parte de este tríptico, que más parece una pequeña obra de teatro que un cuento, Seymour vuelve a la recámara del hotel en donde se encuentra Muriel. En el trayecto, Seymour tiene una reacción colérica cuando nota que en el ascensor una mujer parece habérsele quedado viendo a los pies: "If you want to look at my feet, say so […] but don't be a God-dammed sneak about it". Al entrar al apartamento Seymour encuentra dormida a Muriel. Luego prosigue a sacar un revólver, se le queda viendo a su esposa, y se mete un tiro en la cabeza.
Nos quedamos con la impresión en este cuento de que Seymour pudo haber sido un famoso pianista y quizá también un distinguido poeta. Después de la guerra vuelve trastornado a reinsertarse a una sociedad superficial y despreocupada representada por la plasticidad de su esposa, la irresponsabilidad de la madre de Sybil al abandonarla en la playa a cambio de un martini, el haber sido dado de alta del hospital militar antes de lo debido y no insignificativamente por los noventisiete especialistas en mercadeo de Nueva York que invaden el hotel al inicio de la narrativa. El destino de Seymour, sin embargo, se transforma en una pesadilla que culmina en un dísparo, no hacia la realidad que lo ha trastornado, sino hacia el cerebro de lo que pudo haber sido un verdadero artista.
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Este post ha sido inspirado por el Proyecto Salinger, un esfuerzo de veinte blogs por hacer una lectura masiva de las los Nueve Cuentos del escritor estadounidense, J.D. Salinger. El proyecto también pretende recabar las reseñas y comentarios de los participantes.
©Carlos Parada
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