Uno tiene la responsabilidad de conocerse. Conocer su historia, su pensamiento, sus sentimientos, conocer a sus ancestros. Antes de entrar a la primaria, mi madre me dijo que nosotros eramos "mestizos", que descendíamos de españoles e indígenas. A ella la descendencia española se le nota a kilómetros de distancia; de indígena no tiene nada, aunque sí, en efecto, la abuela paterna de mi madre era indígena y de las puras, y además bella, según los familiares que la conocieron. Por esa época los indígenas pipiles, descendientes de los aztecas, eran las estrellas del étnicismo en El Salvador. Quizá después del descubrimiento del asentamiento maya en Joyas de Cerén, la descendencia étnica maya desplazó a los aztecas ya que en el momento actual el discurso de la descendencia maya parece haber acaparado el protagonismo. En todo caso, en mi infancia aprendí a verme como descendiente de españoles e indígenas pipiles.
Mi padre tenía una familia interesante. Mi abuelo, según tengo entendido y según recuerdo, era un criollo hijo de españoles. Tenía la piel clara y los ojos azules. Mi abuela era un tanto morena, ojos claros y cabello "musungo” es decir, rizado, casi africano. Los hijos de mis abuelos paternos fluctuaban entre los blancos bien blancos y los morenos casi tirándole a lo mulato.
Sé que en El Salvador se dice que no hay negros. En cierta forma eso es verdad. En El Salvador no existe una zona geográfica en la que se haya preservado una amplia población pura de descendientes de esclavos africanos como ocurre en otros países de Centroamérica. Esto es bien claro en Belize. En Guatemala, los afrodescendientes viven en el departamento de Izabal. En Honduras, se encuentran en la Mosquitia. En Nicaragua, en la zona de Bluefields, en la costa atlántica. En Costa Rica, en Puerto Limón. Y en Panamá, pues por todas partes. Si nos extendemos a México, las poblaciones de descendencia africana se preservan en los estados de Veracruz y Guerrero.
Por consiguiente, parece extraño que en El Salvador no se haya preservado una población negra pura que haya logrado preservar y desarrollar una tradición y cultura meramente "afroguanaca".
Rodolfo Barón Castro, autor de La población de El Salvador, cita un documento inédito en el que se declara que "En la provincia de San Salvador de Guatimala, el año de 1625 estuvieron convocados para alcarse 2.000 negros la Semana Santa, y se supo tan a tiempo que justiciando algunos se atajó el daño" (Barón Castro, p. 163). Es probable que después de esa experiencia, en combinación con algunos factores económicos e ideológicos, las élites españolas y criollas de El Salvador hayan decidido limitar la trata de esclavos negros.
En la misma sección de ese trabajo se menciona que en el siglo XVII, existían entre cuatro y cinco mil negros en El Salvador. Sin embargo, Barón Castro declara que en El Salvador, "Los negros [...] no llegaron en número suficiente como para hacer perdurar sus características, logrando apenas matizar las de ciertos lugares de población autóctona".
Aunque recientemente, varios académicos estén realizando esfuerzos por estudiar más a fondo la historia de los negros en El Salvador (ver fuentes abajo), llegando a la potencial conclusión de que la presencia negra en El Salvador fue máyor de lo que manifiesta Barón Castro, mi planteamiento inicial sigue en pié: en El Salvador, a excepción de lo que ocurrió en otras partes de Mesoamérica, no se preservó una población negra relativamente pura que haya podido sobrevivir y desarrollar una cultura "afrosalvadoreña" propiamente dicho.
Por otra parte parte, en la historia más reciente de El Salvador, el General Maximiliano Hernández Martínez, después de reprimir a los indígenas en el levantamiento de 1932 y posteriormente arrazar sistemáticamente con su cultura, en 1934 impuso una ley en la que prohibió la entrada de negros a El Salvador. Esa política efectivamente limitó la imigración de negros hacia el país.
A pesar de esa historia, creo que en El Salvador se preserva una presencia genética mulata evidente en la población y cuya existencia se niega en el discurso sobre la identidad nacional. Este punto lo corroboran tanto Paul Lokken como Carlos Loucel cuyas trabajos se incluyen en la lista de referencias al pié de este artículo.
Es interesante, por otro lado, notar que los personajes negros resaltan en algunas obras de escritores salvadoreños. Salarrué, por ejemplo, tiene personajes negros en los Cuentos de barro y Cuentos de cipotes. Algunos de ellos parecen ser "extranjeros", es decir de otros países centroamericanos o del Caribe, otros parecen ser oriundos de El Salvador. Ramón González Montalvo también destaca a algunos personajes negros en su libro de cuentos Pacunes: estampas campestres. Por su parte, el principal personaje de Júpiter, la magistral obra de teatro de Francisco Gavidia sobre la gesta independentista salvadoreña del 5 de noviembre de 1811, es un esclavo negro.
A nivel personal, en mi familia, especialmente del lado paterno, creo que los rasgos africanos son notables. Y si algo debo de decir al respecto es que si es cierto que tengo descendencia africana, me sentiría muy orgulloso. Mucha gente en mi país se jacta de las poblaciones "blancas" existentes en lugares como Chalatenango o el norte de Santa Ana. Lo dicen con un gran orgullo y altivez. Sin embargo, hace un par de años en Washington leí un poema en un evento salvadoreño en el que saqué a relucir lo que pienso sobre la presencia africana en El Salvador y varias personas se ofendieron. La trillada formula de que "en El Salvador no hay negros" fue su respuesta, revestida de una rabia (léase racismo) no tan oculta.
Volviendo al plano familiar, Eduardo Ayala, mi primo materno, comentando al respecto de nuestra descendencia, me mencionó que el tenía entendido que nuestros bisabuelos provenían de ugh... las Filipinas. Como que el rollo se pone aún más grueso... porque si ese dato es correcto, es posible que yo y mis familiares por el lado materno tengamos descendencia asiática.
Por otra parte, mi Tío Mundo sostiene que mis bisabuelos provenían de Cuba. No necesariamente tiene que haber contradicción entre estas dos ideas: hasta el año de 1898, las islas de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas, pertenecieron a la corona española. España las perdió en la guerra con Estados Unidos ese mismo año. Es decir, antes de 1898, una familia española pudiente estaba en capacidad de viajar de una colonia española a otra. Un periplo realizado por varios familiares a través de varias generaciones que haya incluido Cuba, Filipinas y El Salvador, pasando por Mexico y Guatemala (y otras variantes), no es una imposibilidad histórica.
Esta tarde, con una buena dosis de escepticismo, decidí hacer algo en lo que había estado pensando varios meses: ordené una prueba de ADN (ácido desoxirribonucleico) que promete determinar mi composición genética. La prueba se basará en una muestra celular tomada de las paredes de la boca. No puedo plantear con exactitud los matices étnicos de la población de El Salvador, pero ahora, gracias a los descubrimientos de la biotécnica, puedo tener una idea más o menos razonable y objetiva de lo que es mi composición genética.
Sé que de acuerdo con algunos de los más avanzados estudios científicos, el origen de la humanidad ocurrió en el Africa y que por ende hasta los europeos más "puros" tuvieron sus orígenes en ese continente. Sí todos descendemos de ancestros africanos ¿para qué hacerse la prueba de ADN? Yo creo que a pesar de la teoría afrocéntrica del origen de la humanidad, la ciencia nos permite establecer nuestra composición genética con mayor exactitud. Con la prueba de ADN sabré en que proporción mi descendencia es europea, sub-sahariana, indígena y asiática.
La espera es insoportable. La curiosidad me mata. Hoy que llegué a casa, lo primero que hice fue revisar el correo. Me sentí ridículo pues apenas habían transcurrido unas horas desde que había enviado el pedido.
Como he dicho, conservo cierto escepticismo sobre la prueba, pero ese será un tema para otro artículo.
Nota: La foto revela las páginas 30 y 31 de los Cuentos de cipotes (op. cit.) en donde comienza "El cuento de Punce Negroide que se quería cheliar". La ilustración es de Maya Salarrué en la que se encuentra una madre salvadoreña y su hijo. Punce Negroide y su mamá claramente son afrodescendientes.
©Carlos Parada
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Fuentes:
1. Barón Castro, Rodolfo, La población de El Salvador, UCA/Editores, San Salvador, El SAlvador, 1978.
2. Dalton, Roque, Las historias prohibidas del pulgarcito, Siglo XXI, 9a. edición, México, 19 de febrero de 1988.
3. Gavidia, Francisco, Júpiter, Dirección de Publicaciones e Impresos, 3a. edición, San Salvador, El Salvador, 2002.
4. González Montalvo, Ramón, Pacunes: estampas campestres, Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, San Salvador, El Salvador, 1972.
5. Lokken, Paul, Transforming Mulatto Identity in Colonial Guatemala and El Salvador, 1670-1720, Transforming Anthropology, January 2004, Vol. 12, No. 1-2, pp. 9-20, Posted online on December 18, 2006. (doi:10.1525/tran.2004.12.1-2.9), AnthroSource (http://www.anthrosource.net/doi/abs/10.1525/tran.2004.12.1-2.9).
6. Loucel, Carlos, La presencia africana en la región salvadoreña: un acercamiento desde lo local en la época colonial, Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica, Junio de 2006, (http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=376)
7. Salarrué (Salvador Arrué), Cuentos de barro, 7a. edición, EDUCA, San, José Costa Rica, 1997.
8. Salarrué (Salvador Arrué), Cuentos de cipotes, Dirección de Publicaciones e Impresos, 4a. edición, San Salvador, El Salvador, 1986.